Nos conocimos a la tierna edad de cinco años, durante el último curso de parbulario. No fuimos íntimos hasta pasados los siete, tras convertirnos en compañeros de pupitre. A decir verdad, fue mi impoluto primer mejor amigo. Me cautivó su nivel de locura y lealtad. Con la pubertad, aquel lazo marchitó. La sensación de pérdida sólo llegó cuando fui capaz de reconocerme a mi mismo ante el espejo.
Jamás pasó desapercibido, no quería pasar desapercibido. Hoy, por fin, ha llegado el momento de mostrar al mundo, la futura estrella del pop que empezó a forjarse en aquel patio de colegio lleno pinassa, con olor a mar.

